Sensores que anticipan averías, algoritmos que optimizan rutas y parques que ayudan a combatir el calor: la revolución de los servicios urbanos ya está ocurriendo, aunque apenas la veamos.

Son las cinco y media de la mañana y la ciudad todavía no parece haber empezado el día. Pero ya está funcionando.

Un camión de recogida completa una ruta, una barredora atraviesa una avenida casi vacía, los sistemas de riego terminan su ciclo y, en algún centro de control, una pantalla muestra información que hace unos años ni siquiera estaba disponible. Son trabajos que normalmente pasan desapercibidos y que, sin embargo, sostienen buena parte de nuestra vida cotidiana.

Diez tendencias que están cambiando los servicios urbanos en España

Durante décadas, limpiar, recoger, mantener, iluminar o conservar han sido tareas organizadas alrededor de calendarios, frecuencias y experiencia acumulada. Esa misión sigue siendo la misma. Lo que está cambiando, y muy deprisa, es la forma de llevarla a cabo.

Sensores, vehículos conectados, sistemas de información geográfica y plataformas digitales permiten conocer cada vez mejor qué está ocurriendo en una ciudad. La diferencia no está únicamente en disponer de más información, sino en utilizarla para ajustar rutas, distribuir recursos, detectar incidencias o anticipar necesidades.

A esa capacidad se suman el mantenimiento predictivo y la inteligencia artificial. Analizar patrones, prever determinados fallos u optimizar recorridos abre la puerta a servicios que no solo reaccionan cuando aparece un problema, sino que empiezan a anticiparse a él.

“Durante años hemos trabajado con mucha planificación y con la experiencia acumulada de los equipos, y eso sigue siendo fundamental. La diferencia es que ahora podemos sumar información en tiempo real. El reto no es tener más datos, sino conseguir que esos datos nos ayuden realmente a tomar mejores decisiones y a prestar un mejor servicio”, explica Antonio Llamas, responsable de Servicios de la Delegación Sur de Grupo Hozono Global.

También está cambiando profundamente algo tan cotidiano como tirar una bolsa al contenedor. El modelo basado fundamentalmente en recoger y eliminar residuos está dejando paso a otro en el que cada vez importa más recuperar los materiales y mantenerlos dentro del ciclo productivo.

La extensión de la recogida separada a nuevas fracciones está transformando contenedores, vehículos, rutas y plantas de tratamiento. Pero también introduce otra cuestión: ya no basta con recoger más. Hay que recoger mejor. Si los materiales llegan incorrectamente separados, sus posibilidades de recuperación disminuyen. Tecnología, funcionamiento del servicio y participación ciudadana forman parte de una misma ecuación.

Otra de las grandes transformaciones ocurre donde casi nunca miramos: bajo nuestros pies. La  permite detectar fugas, estudiar consumos y conocer con mayor precisión el funcionamiento de unas infraestructuras que permanecen prácticamente invisibles para el ciudadano. En un país donde el agua es un recurso estratégico, conocer mejor significa también poder gestionar mejor.

Diez tendencias que están cambiando los servicios urbanos en España

Sobre nuestras cabezas está ocurriendo otro cambio. Los parques y jardines ya no se conciben únicamente como espacios ornamentales o de ocio. En ciudades sometidas a temperaturas cada vez más elevadas, el arbolado proporciona sombra, contribuye a reducir el efecto isla de calor y favorece la biodiversidad. La infraestructura verde empieza a formar parte de la respuesta de las ciudades frente al cambio climático.

“Una zona verde tiene hoy muchas más funciones de las que quizá percibimos cuando paseamos por ella. La elección de las especies, la gestión del arbolado o un riego eficiente influyen en la biodiversidad, pero también en el confort térmico y en la capacidad de una ciudad para afrontar episodios de calor. Ya no hablamos solo de mantener jardines, sino de gestionar una infraestructura urbana cada vez más importante”, advierte Antonio Llamas.

También están cambiando los vehículos que recorren las calles. Camiones de recogida, barredoras, maquinaria y flotas auxiliares avanzan hacia tecnologías con menores emisiones. La electrificación gana terreno, aunque cada actividad presenta necesidades diferentes de autonomía, potencia o tiempo de operación. El desafío no consiste simplemente en cambiar un motor por otro, sino en reducir el impacto ambiental sin comprometer la capacidad del servicio.

Y, mientras todo esto ocurre, la sostenibilidad empieza a abandonar el terreno de las declaraciones para entrar en el de los números. ¿Cuánta agua se ahorra? ¿Qué porcentaje de residuos se recupera? ¿Cuánto consume una instalación? ¿Cuántas emisiones genera una flota? Medir permite comparar, corregir y mejorar.

Paradójicamente, cuanto más tecnológicos se vuelven los servicios urbanos, más importante resulta el conocimiento de las personas que trabajan en ellos.

Un sensor puede detectar una anomalía y un algoritmo recomendar una ruta, pero siguen siendo los profesionales quienes interpretan esa información, toman decisiones y conocen las particularidades de cada servicio y cada territorio.

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“La tecnología puede ayudarnos muchísimo, pero no sustituye el conocimiento de los equipos. Quien trabaja cada día en un servicio sabe cómo cambia una zona según la hora, la época del año o las necesidades de los vecinos. El verdadero avance está en combinar esa experiencia con nuevas herramientas que nos permitan ser más eficientes, anticiparnos y responder mejor”, resume Antonio Llamas, quien recuerda que la innovación y los avances tecnológicos también permiten hacer más sostenibles servicios básicos como el alumbrado de calles y plazas, la gestión del ciclo integral del agua, el mantenimiento y limpieza de edificios públicos e incluso la obra pública y civil.

Datos, inteligencia artificial, mantenimiento predictivo, economía circular, nuevas formas de recogida, digitalización del agua, infraestructura verde, flotas más limpias, medición de la sostenibilidad y profesionales cada vez más especializados. Diez cambios diferentes que apuntan, en realidad, en una misma dirección.

La ciudad del futuro no será necesariamente la que tenga más sensores, más algoritmos o más vehículos eléctricos. Será la que consiga utilizar todas esas herramientas para algo mucho más sencillo: hacer que la ciudad funcione mejor para quienes viven en ella.